LA GOMAUna goma de borrar nueva. Grande como una esponja. Una pena estrenarla. Y huele, huele a flores contra la nariz. Ese olor efímero, condenado a perderse con dos borraduras. Con el brazo estirado horizontalmente y la goma entre los dedos pulgar e índice, el niño cierra un ojo y con el otro afina la visión, hace cálculos, mide distancias. Una pena gastarla, pero urge borrar una línea difusa, cuyo trazo muestra roturas y brillos caducos. Comienza por el extremo izquierdo y, con un suave vaivén, va deslizando la goma hacia la derecha. Se anima con el resultado y aprieta, restriega, redondea los cantos perfilados. Al terminar la tarea, se la guarda en el bolsillo y se marcha satisfecho. El mar todavía permanece unos segundos contenido, sujeto por la costumbre y el pasmo.
1 comentario:
Yo de niño no pude resistir a la tentación de morder una de esas gomas. Magnífica evocación.
Un abrazo.
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